Cleopatra contra Catalina la Grande: mujeres de poder en la historia
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Cleopatra contra Catalina la Grande: mujeres de poder en la historia

By Historic Figures
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Dos reinas legendarias, dos imperios, dos milenios de distancia. Descubre cómo Cleopatra y Catalina la Grande conquistaron y gobernaron en un mundo de hombres, y por qué su legado sigue fascinándonos hoy.

Cleopatra contra Catalina la Grande: mujeres de poder en la historia

La historia rara vez fue benévola con las mujeres de poder. Cuando un rey conquista territorios, se le llama grande. Cuando una reina hace lo mismo, se habla de sus amantes. Cuando un emperador es cruel, se le llama despiadado. Cuando una emperatriz lo es, se le llama antinatural.

Cleopatra VII (69–30 a. C.) y Catalina II de Rusia (1729–1796) tuvieron que hacerse valer en este mundo hostil. Dos mujeres, separadas por casi dos milenios, que gobernaron imperios inmensos, sobrevivieron a conspiraciones mortales y dejaron una huella indeleble en la historia. Y sin embargo, lo que a menudo recordamos de ellas son sus historias de amor.

Es tiempo de mirar más allá del chisme. ¿Quiénes fueron realmente estas mujeres? ¿Cómo se apoderaron del poder, y cómo lo conservaron? ¿Qué lograron? ¿Y por qué siguen fascinándonos?

Dos caminos hacia el trono

Cleopatra: la heredera amenazada

Cleopatra nació en el año 69 a. C. en Alejandría, capital del Egipto ptolemaico. Descendía de Ptolomeo, uno de los generales de Alejandro Magno. Su familia había gobernado Egipto durante casi tres siglos, pero esta dinastía griega estaba en decadencia.

No confíes en las películas de Hollywood: es probable que Cleopatra no fuera la femme fatale que imaginamos. Las monedas de la época la muestran con una nariz marcada y una barbilla pronunciada. Pero poseía algo más valioso que la belleza: inteligencia, carisma y una voz encantadora. Plutarco escribe que “su conversación tenía un encanto irresistible”.

También era culta. A diferencia de sus antepasados, hablaba egipcio además del griego. Conocía varios otros idiomas. Se interesaba por la filosofía, la ciencia, la medicina. En un mundo donde se esperaba que las mujeres guardaran silencio, era extraordinariamente elocuente.

A los 18 años subió al trono junto con su hermano menor, Ptolomeo XIII, con quien debía casarse según la tradición ptolemaica. Pero muy rápido, los consejeros de su hermano la empujaron al exilio. Parecía que todo había terminado.

Catalina: la extranjera ambiciosa

Sofía de Anhalt-Zerbst nació en 1729 en un pequeño principado alemán. Su padre era un príncipe menor, su madre una mujer ambiciosa que soñaba con la grandeza para su hija. Nadie hubiera podido predecir que un día se convertiría en la gobernante más poderosa de Europa.

A los 14 años fue elegida para casarse con el futuro zar de Rusia, Pedro III. Dejó Alemania, se convirtió a la ortodoxia rusa, adoptó el nombre de Ekaterina (Catalina) y aprendió ruso con una determinación implacable. Quería volverse más rusa que los propios rusos.

Su matrimonio fue un desastre. Pedro era inmaduro, obsesionado con sus soldaditos de plomo, quizás impotente. Catalina lo despreciaba. Tomó amantes —muchos amantes a lo largo de los años— y construyó una red de aliados en la corte. Leía a los filósofos de la Ilustración, mantenía correspondencia con Voltaire, cultivaba su imagen de intelectual ilustrada.

Cuando Pedro III finalmente subió al trono en 1762, se volvió rápidamente impopular. Admiraba abiertamente a Federico II de Prusia, el enemigo de Rusia. Se alejó del ejército, de la Iglesia, de la nobleza. Seis meses después de su coronación, Catalina, con la ayuda de su amante Grigori Orlov y de la Guardia Imperial, organizó un golpe de Estado. Pedro fue arrestado y asesinado pocos días después. Catalina se convirtió en emperatriz de todas las Rusias.

El arte de tomar el poder

Cleopatra: la seducción como arma política

En el exilio, Cleopatra no se rindió. Cuando Julio César llegó a Egipto, siguiendo la pista de Pompeyo, ella vio una oportunidad. La leyenda cuenta que se hizo llevar ante César envuelta en una alfombra. Verdadero o falso, este relato capta la esencia de Cleopatra: audacia, sentido del espectáculo, capacidad de convertir una situación desesperada en una ventaja.

César, el hombre más poderoso de Roma, quedó conquistado. Él tenía 52 años, ella 21. La restituyó en el trono, eliminó al hermano rival y permaneció varios meses en Egipto. Ella le dio un hijo, Cesarión.

Pero Cleopatra no era solo una amante. Era una socia política. Acompañó a César a Roma, donde fue recibida como una reina. Cuando César fue asesinado en el año 44 a. C., ella regresó a Egipto y esperó para ver quién saldría victorioso de la guerra civil romana.

Fue Marco Antonio. Y de nuevo Cleopatra sabría aprovechar la oportunidad. Su encuentro en Tarso se volvió legendario: llegó en un barco de popa dorada, velas púrpuras, vestida ella misma como Afrodita, rodeada de jóvenes disfrazados de Cupido. Antonio, que la había convocado para rendir cuentas, cayó a sus pies.

Lo que siguió fue tanto una alianza política como una historia de amor. Antonio necesitaba el dinero y los recursos de Egipto. Cleopatra quería proteger su reino y extender su influencia. Juntos soñaron con un imperio oriental que rivalizara con Roma.

Catalina: el golpe de Estado perfecto

Catalina no sedujo para tomar el poder: conspiró. Durante años, cultivó aliados, estudió las debilidades de su marido, esperó el momento adecuado. Cuando llegó, actuó con precisión militar.

El 28 de junio de 1762, Catalina se presentó en el cuartel de la Guardia Izmáilovski en San Petersburgo. Los soldados la proclamaron emperatriz. Vestida con uniforme de la guardia, montó a caballo y condujo a sus tropas hacia Peterhof, donde se encontraba Pedro. Sorprendido, abdicó sin resistencia.

Lo que impresiona de este golpe de Estado es su profesionalismo. Ni caos ni baño de sangre (al menos no de inmediato). Catalina lo había planeado todo: los contactos en el ejército, el apoyo de la Iglesia ortodoxa, el manifiesto que justificaba su ascenso al poder. Transformó un golpe en una ascensión legítima.

La muerte de Pedro pocos días después sigue siendo un misterio. Oficialmente murió de un “cólico hemorroidal”. En realidad, probablemente fue asesinado por los hermanos Orlov. Catalina negó toda implicación, pero evidentemente se benefició de ello.

Gobernar: dos estilos, dos desafíos

Cleopatra: salvar un reino condenado

Cleopatra heredó un reino de prestado. El Egipto ptolemaico era rico, pero débil, atrapado entre las grandes potencias de la época. Roma, en particular, tenía puesta la mirada en los graneros del Nilo. En varias ocasiones, políticos romanos habían propuesto anexar Egipto directamente.

La estrategia de Cleopatra consistió en aliarse con los hombres fuertes de Roma. Primero César, luego Antonio. No era debilidad: era realismo. Egipto no podía derrotar a Roma militarmente. Pero podía volverse indispensable para un romano ambicioso.

Con Antonio, Cleopatra estuvo cerca de lograrlo. Él le concedió territorios (Chipre, Creta, partes de Siria), reconoció a sus hijos y quizás se casó con ella en secreto (ya estaba casado con Octavia, hermana de Octavio). Juntos crearon una corte espléndida en Alejandría, una mezcla de cultura griega, egipcia y romana.

Pero en Roma, Octavio (el futuro Augusto) usó esta alianza para atacar a Antonio. La propaganda romana presentó a Cleopatra como una hechicera oriental que había embrujado a un romano noble. La guerra se hizo inevitable.

Catalina: modernizar un imperio atrasado

Catalina heredó un imperio inmenso, pero atrasado. Rusia en 1762 era todavía mayormente feudal. Los siervos formaban la mayoría de la población y eran tratados como esclavos. La administración era corrupta e ineficiente. El ejército necesitaba reformas.

Catalina se veía a sí misma como una gobernante ilustrada, en la tradición de los filósofos que admiraba. Escribió una “Instrucción” para una comisión legislativa, inspirada en Montesquieu y Beccaria. Promovió la educación, fundó escuelas, abrió la primera escuela para niñas nobles en Rusia. Coleccionó arte, invitó a intelectuales europeos, convirtió a San Petersburgo en una capital cultural.

Pero Catalina también era una autócrata pragmática. Cuando la rebelión de Pugachov (1773–1775) amenazó su poder, la aplastó sin piedad. Cuando la nobleza se opuso a sus reformas, retrocedió. La servidumbre no solo persistió durante su reinado, sino que se extendió a los territorios recién conquistados.

Su verdadero triunfo fue la expansión territorial. Bajo Catalina, Rusia anexó Crimea, partes de Polonia y territorios del mar Negro. Cumplió el sueño de Pedro el Grande: convertir a Rusia en una gran potencia europea.

Los hombres de su vida

Cleopatra: dos amores, una estrategia

César y Antonio no eran las “debilidades” de Cleopatra: eran sus instrumentos. Eligió a los dos hombres más poderosos de su época y los utilizó para proteger y aumentar su reino.

Con César tuvo un hijo, Cesarión, a quien presentó como heredero legítimo del dictador. Fue una jugada política audaz: si Cesarión hubiera sido reconocido, habría unido a Egipto y Roma bajo una única dinastía.

Con Antonio tuvo tres hijos y construyó una verdadera alianza política. Sus “donaciones de Alejandría” del año 34 a. C. distribuyeron territorios romanos entre sus hijos y provocaron la ira de Octavio. Fue quizás un error estratégico, pero también un acto de autoafirmación: Cleopatra no quería ser una clienta de Roma, quería ser su igual.

La historia ha convertido estas alianzas en historias de amor. Es más sencillo, más digerible. Pero reducir a Cleopatra a una seductora significa ignorar que fue la última gobernante de una dinastía de 300 años, que gobernó sola más de 20 años y que casi cambió el curso de la historia mediterránea.

Catalina: amor y poder separados

Catalina tuvo muchos amantes —al menos una docena de “favoritos” oficiales durante su reinado. Esta vida amorosa ha alimentado chismes y calumnias durante siglos. Pero aquí también debemos mirar más allá del escándalo.

Primero, Catalina era una mujer en un mundo de hombres. No podía volver a casarse sin amenazar su propio poder. Un marido podría haber reclamado el trono. Los amantes, en cambio, permanecían en su lugar.

Segundo, sus favoritos no eran solo amantes: eran colaboradores. Grigori Orlov la ayudó a tomar el poder. Grigori Potemkin fue durante décadas su consejero más cercano, quizás también su marido secreto. Conquistó Crimea para ella, fundó ciudades, modernizó el ejército del sur.

Catalina elegía a sus favoritos con cuidado. Debían ser bellos, sí, pero también inteligentes, cultos, capaces. Cuando se cansaba de ellos, los despedía generosamente: posesiones, títulos, pensiones. Nadie fue deshonrado ni ejecutado. Era un sistema, no un desorden.

Al comparar esto con los reyes de su época, que mantenían amantes oficiales sin que nadie se escandalizara, se hace evidente el doble estándar.

Su caída: tragedia contra triunfo

Cleopatra: derrota y muerte elegida

La batalla de Actium en el año 31 a. C. decidió el destino de Cleopatra y Antonio. Frente a la flota de Octavio, comandada por Agripa, fueron derrotados. Los detalles siguen siendo objeto de debate: ¿huyó Cleopatra por cobardía, o ejecutó un plan de retirada? ¿La siguió Antonio por amor ciego o por cálculo?

Lo cierto es que terminaron en Alejandría, sitiados, abandonados por sus aliados. Antonio se quitó la vida arrojándose sobre su propia espada, creyendo (erróneamente) que Cleopatra había muerto. Murió en sus brazos.

Cleopatra intentó negociar con Octavio. Quería salvar su reino para sus hijos. Pero Octavio quería exhibirla por las calles de Roma, como un trofeo. En lugar de soportar esta humillación, Cleopatra eligió la muerte.

La leyenda cuenta que se dejó morder por una serpiente. La realidad es probablemente menos romántica: quizás un veneno. Pero el gesto permanece: murió como reina, no como prisionera. Tenía 39 años.

Con ella murió el Egipto independiente. El país se convirtió en provincia romana y lo siguió siendo durante siete siglos.

Catalina: la muerte tranquila de una gran gobernante

Catalina reinó durante 34 años. Murió en 1796, a los 67 años, de un derrame cerebral en su propio palacio de San Petersburgo. Hasta el final gobernó, trabajó, escribió.

Dejó un imperio transformado. Rusia se había convertido en una potencia europea ineludible. Su territorio había crecido en 520.000 km². Su población casi se había duplicado. Sus instituciones, aunque imperfectas, eran más modernas que al inicio de su reinado.

Su fracaso también fue real. La servidumbre persistió. Las reformas prometidas no se aplicaron. Su hijo Pablo, a quien había excluido del poder, la sucedió y deshizo parte de su obra.

Pero, en conjunto, Catalina logró lo que Cleopatra no pudo: transmitió su poder, si no intacto, sí en gran parte. El imperio ruso, que ella había engrandecido, debía durar más de otro siglo.

Lo que podemos aprender de ellas

El poder en femenino

Cleopatra y Catalina nos muestran que las mujeres pueden gobernar, y gobernar bien. No eran excepciones frágiles en un mundo de hombres, sino gobernantes completas, con sus fortalezas y sus debilidades.

Tuvieron que hacerse valer en un mundo hostil. Usar instrumentos que los hombres no necesitaban. Soportar críticas que los hombres nunca habrían tenido que soportar. Pero lo lograron.

Su ejemplo plantea una pregunta que sigue siendo actual: ¿por qué se juzga a las mujeres de poder de manera diferente a los hombres? ¿Por qué siempre se habla de su vida privada, su apariencia, su “feminidad”?

La inteligencia política

Lo que une a estas dos mujeres es su extraordinaria inteligencia política. Comprendían el poder: cómo tomarlo, cómo conservarlo, cómo utilizarlo.

Cleopatra sabía que Egipto no podía sobrevivir solo. Buscó aliados, los encontró, los utilizó. Su estrategia fracasó, pero no fue una estrategia equivocada: fue un riesgo calculado que no dio resultado.

Catalina comprendía Rusia mejor que los propios rusos. Sabía cuándo avanzar y cuándo retroceder. Cultivó su imagen mientras ejercía el poder real. Se mantuvo 34 años en un trono que había tomado por la fuerza.

Más allá de las leyendas

La historia ha convertido a estas dos mujeres en personajes de novela. Cleopatra la seductora. Catalina la ninfómana. Estas imágenes son reductoras, incluso ofensivas.

La verdadera Cleopatra fue una gobernante culta que gobernó un reino durante dos décadas y casi creó un imperio mediterráneo. La verdadera Catalina fue una autócrata ilustrada que transformó a Rusia en una gran potencia europea.

Merecen ser juzgadas como juzgamos a César o a Pedro el Grande: por sus acciones, sus logros, su impacto en la historia. No por sus amantes.

Conclusión: dos reinas, una misma lucha

Cleopatra y Catalina la Grande vivieron en épocas distintas, en culturas distintas, con destinos distintos. Una perdió todo, la otra triunfó. Pero compartieron algo esencial: la voluntad de gobernar en un mundo que no quería que gobernaran.

Cleopatra nos recuerda que incluso las más grandes pueden fracasar. No por debilidad, no por error, sino porque las fuerzas en juego eran demasiado poderosas. Interpretó su papel brillantemente y perdió. Pero perdió como reina.

Catalina nos muestra que una mujer no solo puede tomar el poder, sino también conservarlo y engrandecerlo. Que puede ser a la vez amante y guerrera, intelectual y autócrata, mujer y gobernante.

Juntas encarnan las posibilidades y los obstáculos de las mujeres de poder a través de la historia. Sus historias son recordatorios: las mujeres siempre fueron capaces de gobernar, aunque el mundo les dijera que no. Y quizás, al considerarlas finalmente por lo que realmente fueron —gobernantes, no seductoras—, podamos empezar a cambiar nuestra mirada sobre las mujeres de poder hoy.