Victor Hugo vs Shakespeare: Maestros de la literatura mundial
Dos gigantes de la literatura, dos idiomas, dos épocas. Descubre lo que une y separa a Victor Hugo y William Shakespeare, los escritores que moldearon nuestra forma de contar historias.
Victor Hugo vs Shakespeare: Maestros de la literatura mundial
Pregúntale a un francés quién es el mayor escritor de todos los tiempos, y probablemente responderá Victor Hugo. Pregúntale lo mismo a un inglés, y responderá sin dudar Shakespeare. Estos dos hombres dominan sus respectivas literaturas como colosos. Pero a través de fronteras y siglos, comparten algo más profundo: la capacidad de tocar el alma humana con palabras.
William Shakespeare (1564-1616) y Victor Hugo (1802-1885) nunca podrían haberse conocido: dos siglos y medio los separan. Y sin embargo, Hugo admiraba apasionadamente a Shakespeare. Le dedicó un libro entero y lo consideraba el mayor genio de la literatura. Esta admiración no era unilateral: en cierto sentido, Hugo es el Shakespeare francés, y Shakespeare el Hugo inglés.
¿Qué hace grande a un escritor? ¿Cómo lograron dos hombres, en idiomas y épocas diferentes, crear obras que todavía resuenan hoy? Eso es lo que vamos a explorar.
Dos vidas, dos épocas
Shakespeare: El enigma de Stratford
Sorprendentemente, sabemos poco sobre Shakespeare. Nació en 1564 en Stratford-upon-Avon, una pequeña ciudad del centro de Inglaterra. Su padre era guantero y comerciante de lana, su madre provenía de una familia de pequeños terratenientes. Probablemente asistió a la escuela local, donde aprendió latín y descubrió a los clásicos.
A los 18 años se casó con Anne Hathaway, ocho años mayor que él, ya embarazada. Tendrían tres hijos. Luego, durante varios años, Shakespeare desaparece de los documentos. ¿Qué hacía? Nadie lo sabe. Cuando reaparece, está en Londres, como actor y dramaturgo.
Y aquí es donde el enigma se intensifica. ¿Cómo pudo el hijo de un guantero de provincia, sin educación universitaria, haber escrito las obras más refinadas de la lengua inglesa? Esta pregunta ha alimentado siglos de especulación. Algunos piensan que Shakespeare no escribió sus obras, que sirvió de tapadera para un aristócrata. Pero la mayoría de los eruditos rechazan estas teorías.
Lo que sabemos es que Shakespeare escribió, en unos veinte años, 37 obras de teatro, 154 sonetos y algunos poemas más extensos. Se hizo rico, compró la casa más hermosa de Stratford y se retiró a su ciudad natal, donde murió tranquilamente en 1616.
Hugo: El titán romántico
Victor Hugo, en cambio, no es un enigma. Su vida es una novela, o más bien varias novelas. Nació en 1802 en Besançon, hijo de uno de los generales de Napoleón. Su infancia estuvo marcada por los viajes, los conflictos entre sus padres (la madre era realista, el padre bonapartista) y una sorprendente precocidad literaria.
A los 14 años escribió en su diario: “Quiero ser Chateaubriand o nada.” A los 17 años fundó una revista literaria. A los 20 años publicó su primera colección de poemas y recibió una pensión del rey. A los 25 años era el líder del movimiento romántico. A los 29 años publicó Nuestra Señora de París, que lo hizo famoso en toda Europa.
Pero Hugo no era solo escritor. Era político, elegido a la Asamblea Nacional, luego al Senado. Cuando Luis Napoleón Bonaparte organizó su golpe de Estado en 1851, Hugo se exilió. Pasó 19 años fuera de Francia, principalmente en Jersey y Guernsey, desde donde continuó escribiendo y atacando a “Napoleón el Pequeño”.
En el exilio escribió sus mayores obras: Las contemplaciones (tras la trágica muerte de su hija Léopoldine), Los miserables, Los trabajadores del mar. Cuando regresó a Francia en 1870, fue en triunfo. En su muerte en 1885, dos millones de personas siguieron su cortejo funerario. Está enterrado en el Panteón.
Sus obras: Dos universos
Shakespeare: El teatro total
Shakespeare escribía para el escenario. Sus obras no estaban destinadas a ser leídas, sino representadas. Y exploró todos los géneros: la comedia (Sueño de una noche de verano, Mucho ruido y pocas nueces), la tragedia (Hamlet, Otelo, El rey Lear, Macbeth), los dramas históricos (Ricardo III, Enrique V), las últimas comedias románticas (La tempestad, Cuento de invierno).
Lo que impresiona de Shakespeare es la extraordinaria diversidad de sus personajes. Hamlet, el príncipe melancólico incapaz de actuar. Lady Macbeth, la mujer ambiciosa devorada por la culpa. Falstaff, el caballero gordo, mentiroso y entrañable. Shylock, el mercader judío humillado. Próspero, el mago que renuncia a su poder. Cada uno es un enigma, cada uno es universal.
Shakespeare inventaba palabras. Se le atribuyen más de 1.700 neologismos en inglés. También creó expresiones que todavía usamos hoy sin saber que provienen de él: “romper el hielo”, “un corazón de oro”, “estar en un aprieto”.
Pero sobre todo, Shakespeare entendió algo fundamental sobre el ser humano. Sus personajes no son tipos, no son alegorías. Son seres complejos, contradictorios, que dudan, cambian, se parecen a nosotros. Por eso sus obras todavía se representan 400 años después.
Hugo: El océano literario
Hugo escribía sobre todo. Poemas, miles de poemas, desde los más íntimos hasta los más épicos. Novelas: Nuestra Señora de París, Los miserables, El hombre que ríe, Noventa y tres. Obras de teatro: Hernani, Ruy Blas, Los burgraves. Ensayos políticos, relatos de viaje, discursos, cartas. Su producción es oceánica.
Lo que caracteriza a Hugo es la amplitud. En él todo es grandioso: las frases, las metáforas, las emociones, las ambiciones. Los miserables tiene 1.500 páginas. Cuenta la vida de Jean Valjean, pero también la historia de Francia, la batalla de Waterloo, las cloacas de París, la revolución de 1848. Es una novela-mundo, una novela-universo.
Hugo es también el maestro de la antítesis. Piensa en oposiciones: el bien y el mal, la luz y la sombra, lo sublime y lo grotesco. En Nuestra Señora de París, el jorobado feo Quasimodo tiene un alma hermosa, mientras que el sacerdote hermoso Frollo tiene un alma atormentada. Esta técnica, que teorizó en su prefacio a Cromwell, se convirtió en su sello distintivo.
Pero Hugo no es solo un estilista. Es un visionario. Defendió la abolición de la pena de muerte cuando era impopular. Apoyó la educación universal, los derechos de las mujeres, los Estados Unidos de Europa. Muchas de sus luchas se convirtieron en realidad.
Sus temas: Lo humano, siempre lo humano
Shakespeare: Las pasiones del alma
Las obras de Shakespeare exploran las grandes pasiones humanas: el amor (Romeo y Julieta), los celos (Otelo), la ambición (Macbeth), la venganza (Hamlet), la locura (El rey Lear). Pero lo que hace que estas obras sean atemporales es que no dan respuestas fáciles.
Tomemos a Hamlet. ¿Está loco o solo finge? ¿Tiene razón al querer vengar a su padre, o debería perdonar? ¿Por qué no actúa? Shakespeare no nos lo dice. Nos muestra a un hombre desgarrado que se hace las mismas preguntas que nosotros: “Ser o no ser, esa es la cuestión.”
Shakespeare no juzga a sus personajes. Incluso los villanos tienen su lógica, su humanidad. Ricardo III es un tirano, pero su monólogo inicial nos hace comprender su sufrimiento. Shylock es cruel, pero su discurso “¿Acaso un judío no tiene ojos?” nos recuerda que él también es una víctima.
Esta ambigüedad moral es el sello distintivo de Shakespeare. No predica, muestra. Y al mostrar, nos obliga a reflexionar, a cuestionarnos, a mirarnos a nosotros mismos.
Hugo: Redención y justicia
Hugo tiene un mensaje. Cree en el progreso, en la redención, en la justicia. Sus novelas son alegatos disfrazados.
Los miserables cuenta la transformación de Jean Valjean, un ex presidiario que se convierte en un buen hombre gracias a la misericordia de un obispo. Es una historia de redención, pero también una denuncia de la injusticia social. Fantine, la madre que se prostituye para alimentar a su hija. Gavroche, el chiquillo de la calle que muere en las barricadas. Cosette, la niña maltratada que finalmente encuentra el amor. Cada personaje encarna una miseria, y Hugo quiere que la veamos.
Nuestra Señora de París es una meditación sobre la belleza y la fealdad, sobre la arquitectura gótica amenazada, sobre el poder de la Iglesia. El hombre que ríe condena a la aristocracia inglesa. Noventa y tres explora las contradicciones de la Revolución francesa.
Hugo no rehúye las grandes frases, las grandes ideas, las grandes emociones. “El que vive es el que lucha.” “La forma es la sustancia que sube a la superficie.” “El futuro tiene varios nombres. Para los débiles se llama lo imposible. Para los temerosos, lo desconocido. Para los pensadores y los valientes, el ideal.”
Sus estilos: Dos músicas
Shakespeare: La poesía del verso libre
Shakespeare escribe principalmente en verso blanco: pentámetros yámbicos sin rima. Este ritmo particular (da-DUM da-DUM da-DUM da-DUM da-DUM) da a sus diálogos una musicalidad natural, cercana al habla, pero más intensa.
“Ser o no ser, esa es la cuestión”: cinco pies yámbicos perfectos. Esta regularidad crea una expectativa que Shakespeare luego puede romper para lograr efectos dramáticos. Cuando un personaje está perturbado, el verso se rompe. Cuando está tranquilo, el verso fluye.
Shakespeare también mezcla registros. En la misma obra encontramos alta poesía y comentarios vulgares, meditaciones filosóficas e insultos triviales. Esta diversidad refleja la vida misma, en la que lo sublime se encuentra con lo ridículo.
Sus metáforas a menudo son sorprendentes, incluso violentas. “Escocia sangra bajo cada nuevo amanecer” (Macbeth). “El sueño, que remienda la manga desgarrada de la preocupación” (también Macbeth). “El mundo entero es un escenario” (Como gustéis). Estas imágenes golpean, permanecen, se convierten en proverbios.
Hugo: La elocuencia épica
Hugo escribe en francés, un idioma muy diferente del inglés. Donde Shakespeare juega con acentos tonales, Hugo juega con alejandrinos, rimas, sonidos. Su poesía es musical de otra manera: más solemne, más orquestal.
En sus novelas, Hugo despliega una prosa amplia, con frases a veces interminables, digresiones vertiginosas. Los miserables contiene un capítulo entero sobre el argot parisino, otro sobre los conventos, otro más sobre las cloacas. Estas digresiones pueden molestar, pero también crean una sensación de totalidad, de exhaustividad.
Hugo ama las acumulaciones, las enumeraciones, las repeticiones. “¡Waterloo! ¡Waterloo! ¡Waterloo! ¡Llanura fatídica!” Esta técnica casi conjuratoria da a sus textos una fuerza hipnótica. No se lee a Hugo como una novela policial: uno se deja llevar por la corriente.
Su vocabulario es inmenso. Utiliza palabras raras, arcaísmos, neologismos. No teme mezclar registros, pasar de lo sublime a lo trivial. Pero siempre con un dominio absoluto del ritmo y del sonido.
Su legado: Dos monumentos
Shakespeare: El canon occidental
Shakespeare es probablemente el autor más representado del mundo. Sus obras se ponen en escena cada día en algún lugar del planeta, en todos los idiomas imaginables. Hamlet fue traducido al klingon. El rey Lear fue adaptado al japonés por Kurosawa (Ran). West Side Story es una adaptación de Romeo y Julieta.
Su influencia en la lengua inglesa es inconmensurable. Docenas de expresiones comunes provienen de sus obras. Su vocabulario enriqueció la lengua de forma permanente. Para un anglófono, no conocer a Shakespeare significa no conocer su propia cultura.
Pero Shakespeare también es universal. Sus temas —el amor, la muerte, el poder, la traición— tocan a todos los seres humanos. Sus personajes viven fuera de su contexto histórico. Se puede situar a Hamlet en la Alemania nazi o en una oficina moderna, y sigue funcionando.
Hugo: La conciencia de Francia
Hugo es la conciencia de Francia. Sus luchas —contra la pena de muerte, por la educación, por la República— se han convertido en valores nacionales. Sus frases se citan en discursos políticos, en libros de texto, en monumentos.
Los miserables es una de las novelas más adaptadas de la historia. El musical basado en el libro ha sido visto por más de 70 millones de personas. El personaje de Jean Valjean ha entrado en la memoria colectiva mundial. Cuando los manifestantes de Hong Kong o del Líbano cantan “Do You Hear the People Sing?”, están invocando a Hugo sin saberlo.
Pero Hugo también es controvertido. Su grandilocuencia molesta a algunos. Sus digresiones cansan. André Gide, al preguntársele quién era el mayor poeta francés, respondió: “Victor Hugo, desgraciadamente.” Esta ambivalencia forma parte de su legado.
Lo que nos enseñan
El arte de contar historias
Shakespeare y Hugo son, ante todo, narradores. Saben cómo atrapar a un público, crear tensión, hacer reír y llorar. Sus técnicas difieren, pero su objetivo es el mismo: llevarnos a otro mundo.
En Shakespeare, es la densidad. Cada verso cuenta, cada palabra está sopesada. Las obras son cortas (dos o tres horas), pero increíblemente ricas. Hay que releerlas, volver a verlas, para captar todos sus matices.
En Hugo, es la abundancia. Las novelas son largas, las descripciones exuberantes, las digresiones numerosas. Pero esta abundancia crea una sensación de inmersión total. No se lee Los miserables, se vive dentro de ellos.
El poder de las palabras
Ambos autores creían en el poder de las palabras. Shakespeare moldeó la lengua inglesa. Hugo moldeó el pensamiento francés. Sus frases se convirtieron en proverbios, lemas, eslóganes.
Este poder proviene de su dominio técnico. Conocían los recursos de sus respectivos idiomas: los ritmos, los sonidos, las ambigüedades. Pero también proviene de su sinceridad. Creían en lo que escribían. Hamlet duda de verdad, Jean Valjean sufre de verdad.
La humanidad en toda su complejidad
Lo que finalmente une a Shakespeare y Hugo es su humanismo. Se interesan por los seres humanos en toda su complejidad: su grandeza y su miseria, sus esperanzas y sus desesperaciones.
Shakespeare muestra esta complejidad sin juzgar. Hugo la muestra con esperanza. Uno es más oscuro, el otro más luminoso. Pero ambos nos recuerdan que la literatura, en el fondo, solo tiene un tema: nosotros.
Conclusión: Dos estrellas, un cielo
Victor Hugo y William Shakespeare pertenecen a esa rarísima categoría de escritores que trascienden su época y su idioma. Sus obras no son solo monumentos nacionales: son patrimonio común de la humanidad.
Shakespeare nos ofrece el espejo más fiel del alma humana. Hugo nos ofrece la voz más poderosa de la conciencia social. Uno disecciona, el otro proclama. Uno duda, el otro espera. Juntos cubren todo el espectro de la experiencia humana.
¿Tenemos que elegir entre ellos? Los ingleses dirán Shakespeare, los franceses dirán Hugo, y todos tendrán razón. Porque la verdadera respuesta es que necesitamos a ambos. Necesitamos la sutileza shakespeariana para comprender nuestras contradicciones, y la elocuencia hugoliana para creer en nuestras posibilidades.
Cuatro siglos después de Shakespeare, dos siglos después de Hugo, sus palabras siguen resonando. “Ser o no ser.” “Los miserables.” “El mundo entero es un escenario.” “El que vive es el que lucha.” Estas frases han entrado en nuestro ADN cultural y no lo abandonarán.
Eso es el genio literario: crear palabras que sobreviven a su autor, historias que se transmiten de generación en generación, personajes que se vuelven más reales que las personas reales. Shakespeare y Hugo lo lograron, cada uno a su manera. Y por eso, la humanidad les estará eternamente agradecida.