Los revolucionarios: de Robespierre a Che Guevara
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Los revolucionarios: de Robespierre a Che Guevara

By Historic Figures
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Desde el Terror francés hasta los movimientos guerrilleros latinoamericanos, descubre a los hombres y mujeres que quisieron transformar el mundo por la fuerza. Sus ideales, sus métodos, sus contradicciones, y lo que nos enseñan sobre el precio del cambio radical.

Los revolucionarios: de Robespierre a Che Guevara

¿Qué es un revolucionario? No simplemente alguien que quiere el cambio; muchos lo quieren. Un revolucionario es alguien que cree que el sistema actual es tan corrupto, tan injusto, que no puede reformarse. Hay que derrocarlo. Por la fuerza, si es necesario. Y hay que construir un mundo nuevo sobre sus ruinas.

Esta convicción ha animado a hombres y mujeres a lo largo de toda la historia. Algunos se convirtieron en héroes, otros en tiranos, a veces ambas cosas. Robespierre quería una república de la virtud y terminó enviando a sus amigos a la guillotina. Lenin soñaba con la emancipación de los trabajadores y creó un Estado policial. Che Guevara intentó liberar a los pueblos y murió en una emboscada boliviana, traicionado y solo.

Sus historias nos fascinan y nos inquietan. Plantean preguntas sin respuestas fáciles: ¿se puede alcanzar el bien a través de la violencia? ¿El fin justifica los medios? ¿Cómo pueden los ideales más hermosos producir los horrores más terribles?

Maximilien Robespierre (1758-1794): El Incorruptible y el Terror

El abogado de los pobres

Antes de convertirse en el símbolo del Terror, Robespierre era “el Incorruptible”: un abogado provincial que defendía a los que no tenían voz. Nacido en 1758 en Arras, huérfano a los seis años, criado por su familia, se convirtió en abogado y se distinguió defendiendo a los sencillos frente a los poderosos.

Elegido a los Estados Generales en 1789, destacó por su elocuencia y su intransigencia. Mientras otros revolucionarios provenían de la nobleza o de la alta burguesía, Robespierre hablaba en nombre del pueblo. Se opuso a la pena de muerte, defendió el sufragio universal, exigió la abolición de la esclavitud. Sus posiciones parecían utópicas para la época.

Vivía modestamente, rechazaba los sobornos, no se enriquecía. En una revolución en la que muchos hicieron fortuna, esta integridad era notable. Se le llamaba “el Incorruptible” sin ironía. Encarnaba el ideal revolucionario: un hombre dedicado a la causa, sin intereses personales.

La lógica del Terror

Pero la Revolución degeneró. La guerra contra las monarquías europeas, las revueltas internas, la traición del rey llevaron a la radicalización. En 1793, Robespierre se convirtió en miembro del Comité de Salvación Pública, el gobierno revolucionario de facto.

Para salvar a la República, pensaba, había que eliminar a sus enemigos. Primero los monarquistas y los traidores evidentes. Luego los moderados, que frenaban la Revolución. Luego los extremistas, que la comprometían. La lista de enemigos crecía sin cesar.

Robespierre desarrolló una teoría de la “virtud revolucionaria”. El terror sin virtud es funesto, decía, pero la virtud sin terror es impotente. En tiempos revolucionarios, la clemencia hacia los enemigos del pueblo es una traición al pueblo. La guillotina se convirtió en el instrumento de la purificación.

En un año, se guillotinó oficialmente a unas 17.000 personas, quizás 40.000 si se cuenta a los que murieron en prisión y las ejecuciones sumarias. Entre ellos, aristócratas y sacerdotes, pero sobre todo gente sencilla: campesinos de la Vendée, artesanos de Lyon, sospechosos de todo tipo.

La caída

Lo más inquietante es que Robespierre creía sinceramente estar haciendo el bien. No sentía placer en la violencia, no era un sádico. Se veía como servidor de una causa sagrada, dispuesto a todo sacrificio, incluido el sacrificio de su propia humanidad.

Pero la máquina se le escapó de las manos. Cuando Robespierre se volvió contra los diputados de la Convención, estos comprendieron que serían los siguientes. El 9 de termidor del año II (27 de julio de 1794) lo hicieron arrestar. Al día siguiente, Robespierre fue guillotinado junto con sus partidarios.

El Incorruptible murió a los 36 años, convencido de tener razón. Sus últimas palabras permanecen desconocidas: su mandíbula había sido destrozada por un disparo de pistola. Su cuerpo fue arrojado a una fosa común, cubierto de cal viva. La Revolución devoraba a sus hijos.

Simón Bolívar (1783-1830): El Liberador

El heredero sublevado

Simón Bolívar nació en una de las familias más ricas de la Venezuela colonial. Aristócrata, propietario de esclavos, formado en Europa, tenía todo para convertirse en un pilar del orden existente. Decidió destruirlo.

Su tutor, Simón Rodríguez, le había inculcado las ideas de la Ilustración. Durante un viaje a Europa, el joven Bolívar fue testigo de la coronación de Napoleón. En el Monte Sacro de Roma, hizo un juramento solemne: liberar a Sudamérica del dominio español.

Cumplió su palabra. Durante quince años, de 1811 a 1826, Bolívar dirigió una épica guerra de independencia. Cruzó los Andes con un ejército exhausto, lo perdió todo varias veces, se exilió, regresó. Liberó Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, fundó Bolivia, que lleva su nombre.

El dictador a regañadientes

Pero Bolívar descubrió que ganar la guerra era solo el principio. Construir naciones sobre las ruinas del imperio colonial resultó mucho más difícil. Las antiguas colonias se desgarraban entre sí y en su propio interior. Los generales de la independencia se convirtieron en caudillos rivales.

Bolívar soñaba con una gran federación latinoamericana, un contrapeso a Estados Unidos y Europa. Fracasó. El nacionalismo local, los intereses particulares, las rivalidades personales hicieron pedazos su sueño. La Gran Colombia que había creado se desintegró.

Frente al caos, Bolívar se volvió cada vez más autoritario. Se hizo otorgar poderes dictatoriales, reprimió revueltas, escapó de intentos de asesinato. El hombre que había liberado a millones de personas se volvió impopular, acusado de querer convertirse en rey.

La última amargura

En 1830, enfermo y agotado, Bolívar renunció al poder y se preparó para el exilio. Murió de tuberculosis antes de poder embarcarse, a los 47 años. Sus últimas palabras, según la leyenda: “He arado en el mar.”

El Liberador murió convencido de haber fracasado. “América es ingobernable”, escribió. “Los que han servido a la revolución han arado en el mar.” Había liberado un continente, pero no había sabido construirlo.

Hoy, Bolívar es venerado en toda América Latina. Chávez reclamó su legado, así como Maduro y muchos otros. Su imagen está en todas partes, su nombre en plazas, monedas, un país entero. Pero sus contradicciones permanecen: el liberador autoritario, el dictador democrático, el soñador decepcionado.

Lenin (1870-1924): El arquitecto del comunismo

El revolucionario profesional

Vladímir Ilich Uliánov, llamado Lenin, provenía de una familia culta de la pequeña nobleza. Su hermano mayor Alexander fue ahorcado por participar en un complot contra el zar. Esta ejecución radicalizó al joven Vladímir. Tenía 17 años y juró vengar a su hermano.

Lenin se convirtió en lo que él llamaba un “revolucionario profesional”. No un soñador, no un agitador ocasional, sino alguien que dedicaba cada momento de su vida a la revolución. Estudió a Marx con una intensidad casi religiosa, vivió en el exilio, organizó redes clandestinas, esperó su momento.

Su genio era organizativo. Lenin comprendió que la revolución no vendría espontáneamente de las masas. Se necesitaba un partido de vanguardia disciplinado y centralizado para dirigir al proletariado. Este partido —los bolcheviques— sería el instrumento de la historia.

La toma del poder

En febrero de 1917 cayó el zarismo. Lenin regresó del exilio a Rusia, en un tren sellado proporcionado por los alemanes, que esperaban que desestabilizara a Rusia. Llegó con un programa sencillo: “Paz, tierra, pan.”

En octubre de 1917, los bolcheviques tomaron el poder en un golpe de Estado casi sin derramamiento de sangre. Lenin se convirtió en jefe del primer Estado socialista de la historia. Tenía 47 años y pensaba que la revolución mundial era inminente.

No llegó. Rusia se hundió en cambio en una guerra civil cruel. Lenin y sus compañeros tuvieron que improvisar, reprimir, aterrorizar. La Cheka, la policía política, eliminó a “los enemigos de clase” por decenas de miles. Aparecieron campos de concentración. El Terror Rojo respondía al Terror Blanco.

El legado envenenado

Lenin justificaba la violencia con la necesidad histórica. La dictadura del proletariado era una fase necesaria, decía. Una vez eliminados los enemigos de clase, el Estado se extinguiría. El comunismo llegaría.

Pero el Estado no se extinguió. Creció, se reforzó, se hizo más complejo. El propio Lenin se inquietó por esto hacia el final de su vida. En su testamento político, advirtió contra Stalin, a quien consideraba demasiado brutal, demasiado ávido de poder.

Lenin murió en 1924, a los 53 años, tras varios derrames cerebrales. Su cuerpo fue embalsamado y expuesto en un mausoleo, un culto a la personalidad que probablemente habría desaprobado. Stalin tomó el poder y transformó la URSS en una máquina totalitaria. Lenin había creado las herramientas; Stalin las utilizó.

¿Fue inevitable? Los historiadores debaten sobre ello. Algunos ven en Lenin al precursor directo de Stalin. Otros piensan que otro camino hubiera sido posible. Lo cierto es que la revolución que él soñó como emancipadora se convirtió en una de las mayores tiranías de la historia.

Che Guevara (1928-1967): El icono trágico

El médico errante

Ernesto Guevara nació en 1928 en una familia argentina de clase media. Asmático, leía enormemente durante sus crisis, y desarrolló una voluntad de hierro para superar su debilidad. Estudió medicina y, diploma en mano, partió a explorar América Latina en motocicleta.

Este viaje lo transformó. Vio la miseria de los mineros bolivianos, los campesinos peruanos, los leprosos amazónicos. Comprendió que la medicina no bastaba. Para curar esos males, había que cambiar el sistema. Se convirtió en revolucionario.

En México conoció a Fidel Castro, que preparaba una expedición para derrocar al dictador cubano Batista. Guevara se ofreció como médico de la expedición. Se convirtió en mucho más: un comandante guerrillero, un estratega, uno de los arquitectos de la revolución cubana.

Cuba y después

La revolución cubana triunfó en 1959. Guevara, ya llamado “Che”, ocupó cargos importantes: presidente del Banco Nacional, ministro de Industria. Pero se aburría en las oficinas. La revolución cubana estaba consumada; él quería exportarla.

Porque el Che creía en la revolución permanente. El capitalismo era un sistema mundial; había que combatirlo en todas partes. Uno, dos, tres Vietnams, decía. Crear focos guerrilleros en todo el mundo, agotar al imperialismo estadounidense.

Dejó Cuba en 1965 para llevar la revolución a otros lugares. Primero al Congo, donde su intento guerrillero fracasó lamentablemente. Luego a Bolivia, donde esperaba desencadenar un levantamiento continental.

Muerte de un mito

La guerrilla boliviana fue un desastre. Los campesinos locales no se levantaron. El ejército boliviano, entrenado por la CIA, perseguía a los guerrilleros. Enfermo, aislado, traicionado, el Che fue capturado en octubre de 1967.

Fue ejecutado al día siguiente, por orden de las autoridades bolivianas con el consentimiento estadounidense. Tenía 39 años. Sus últimas palabras, según sus ejecutores: “Sé que han venido a matarme. Disparen, cobardes, van a matar a un hombre.”

La muerte del Che lo transformó en un icono. Su rostro, fotografiado por Alberto Korda, se convirtió en una de las imágenes más reproducidas del siglo XX. Símbolo de rebeldía para unos, de terrorismo para otros, todavía encarna hoy el ideal revolucionario, y sus contradicciones.

Porque el Che también era implacable. Supervisó ejecuciones sumarias en Cuba, consideraba la violencia una necesidad, despreciaba la democracia “burguesa”. El hombre de rostro romántico también era duro, convencido de que el fin justificaba los medios.

Rosa Luxemburgo (1871-1919): La Rosa Roja

La intelectual revolucionaria

Entre estas figuras masculinas, destaca una mujer. Rosa Luxemburgo nació en 1871 en una familia judía polaca. Pequeña, coja, compensaba sus discapacidades físicas con una inteligencia y una energía excepcionales.

Se convirtió en una de las mayores teóricas marxistas de su tiempo. Sus escritos sobre el imperialismo, la acumulación de capital, la democracia revolucionaria, todavía influyen hoy en el pensamiento de izquierda. Fue la única que se atrevió a contradecir a Lenin, a criticar su autoritarismo, a defender una revolución desde abajo, no desde arriba.

Luxemburgo creía en la espontaneidad de las masas. La revolución debía venir de los propios trabajadores, no de un partido de vanguardia. La democracia no era un lujo burgués, sino una necesidad revolucionaria. “La libertad es siempre la libertad de quien piensa diferente”, escribió.

El espartaquismo

En 1918, Alemania se derrumbó. Luxemburgo y Karl Liebknecht fundaron la Liga Espartaquista, luego el Partido Comunista de Alemania. En enero de 1919 intentaron una insurrección en Berlín.

La insurrección fracasó. El gobierno socialdemócrata, aliado con los cuerpos francos de extrema derecha, ahogó la revuelta. Luxemburgo y Liebknecht fueron arrestados, torturados, asesinados. El cuerpo de Rosa fue arrojado a un canal. Tenía 47 años.

Su asesinato marcó a la izquierda alemana durante décadas. ¿Habría sido diferente la historia si Luxemburgo hubiera vivido? ¿Habría podido impedir el auge del estalinismo, proponer otro camino? Nunca lo sabremos.

Lo que estas historias nos enseñan

La tragedia del revolucionario

Todos estos revolucionarios compartían una convicción: el mundo es injusto y debe cambiar radicalmente. Todos estaban dispuestos a morir por esta convicción, y a matar. Ahí es precisamente donde comienzan los problemas.

Porque la violencia revolucionaria tiene su propia lógica. Una vez desatada, es difícil detenerla. Los enemigos se multiplican, la paranoia crece, el terror se instala. Robespierre guillotinó a sus amigos. Lenin creó la Cheka. Incluso Che Guevara, el romántico, supervisaba ejecuciones.

El revolucionario a menudo comienza queriendo liberar a los oprimidos. A veces él mismo se convierte en el opresor. La revolución devora a sus hijos, pero también, a menudo, a los pueblos que pretendía liberar.

La cuestión de los medios

Rosa Luxemburgo planteó la pregunta correcta: ¿se puede construir una sociedad libre con medios autoritarios? Su respuesta era no. La democracia no es un obstáculo para la revolución, sino su condición. Un partido que toma el poder por la fuerza lo conservará por la fuerza.

La historia le ha dado la razón. Las revoluciones que suprimieron la democracia no crearon sociedades más libres, sino tiranías. La URSS de Stalin, la China de Mao, la Camboya de Pol Pot: las mayores catástrofes del siglo XX nacieron de revoluciones que pretendían liberar a la humanidad.

Esto no significa que todo cambio radical sea imposible o malo. Significa que los medios cuentan tanto como los fines. No se puede construir un mundo mejor sobre montañas de cadáveres.

La fascinación persistente de la revolución

Y sin embargo, la idea revolucionaria persiste. Cada generación produce jóvenes convencidos de que el sistema está podrido, de que hay que cambiarlo todo, de que la violencia a veces es necesaria. Los rostros cambian —Robespierre, Lenin, el Che— pero la convicción permanece.

Porque la injusticia también persiste. El mundo es, en efecto, injusto. Miles de millones de personas viven en la pobreza mientras unos pocos acumulan fortunas obscenas. Las reformas graduales siempre parecen demasiado lentas, demasiado tímidas. La tentación del atajo revolucionario persiste.

Pero los revolucionarios que hemos examinado nos advierten. Sus historias muestran que el atajo a menudo lleva a un callejón sin salida, o a un abismo. Cambiar el mundo es necesario; hacerlo mediante la violencia y el autoritarismo suele producir lo contrario de lo que se esperaba.

Conclusión: entre el ideal y la realidad

De Robespierre a Che Guevara, los revolucionarios nos fascinan porque se atrevieron. Rechazaron la injusticia del mundo, arriesgaron su vida por sus ideales, a veces cambiaron la historia. Sin ellos, quizás todavía viviríamos bajo monarquías absolutas o imperios coloniales.

Pero también nos inquietan porque fracasaron, o porque su éxito generó nuevos horrores. La Revolución francesa dio a luz al Terror. La revolución rusa produjo el Gulag. Los movimientos guerrilleros del Che no liberaron a nadie.

Quizás la lección sea que cambiar el mundo es más difícil de lo que parece. Que los sistemas injustos se defienden, que las revoluciones se descarrilan, que los seres humanos no son tan maleables como suponen las ideologías. Que la política es el arte de lo posible, no de lo deseable.

O quizás la lección sea otra. Quizás estos revolucionarios nos muestran que debemos luchar por la justicia, pero de otra manera. Mediante la organización paciente, la resistencia no violenta, la construcción de alternativas. Gandhi y Martin Luther King cambiaron el mundo sin tomar las armas.

Lo cierto es que la injusticia sigue existiendo, y que las personas seguirán intentando combatirla. Algunas elegirán el camino revolucionario, con sus promesas y sus peligros. Otras buscarán otros caminos.

La historia no ha terminado. Seguirá escribiéndose, por todos nosotros.