Galileo contra Newton: revolucionarios de la ciencia
comparative

Galileo contra Newton: revolucionarios de la ciencia

By Historic Figures
16 min read

Dos genios que transformaron nuestra comprensión del universo. Descubre cómo Galileo y Newton revolucionaron la física, desafiaron los dogmas y sentaron las bases de la ciencia moderna.

Galileo contra Newton: revolucionarios de la ciencia

“Si he visto más lejos, es porque me apoyé sobre los hombros de gigantes.” Esta célebre frase de Isaac Newton resume perfectamente la relación entre él y Galileo. Uno abrió el camino, el otro lo convirtió en autopista. Juntos crearon lo que hoy llamamos ciencia moderna.

Galileo Galilei (1564–1642) e Isaac Newton (1642–1727) son los padres de la revolución científica. El uno apuntó su telescopio hacia el cielo y vio lo que nadie había visto antes. El otro observó una manzana caer y comprendió por qué los planetas orbitan alrededor del Sol. Dos gestos simples, dos revoluciones inmensas.

Pero estos dos hombres también eran radicalmente diferentes. El uno era un showman italiano, provocador, que amaba los debates y las controversias. El otro era un inglés solitario, paranoico, que ocultó sus descubrimientos durante años. Juntos nos cuentan la historia del nacimiento de la ciencia, y de lo que se necesita para cambiar el mundo.

Dos vidas, dos épocas

Galileo: el fogoso italiano

Galileo Galilei nació en 1564 en Pisa, el mismo año que Shakespeare. Su padre, Vincenzo, era músico y matemático: una combinación que influyó profundamente en el joven Galileo. La música le enseñó la armonía matemática del mundo; las matemáticas le dieron el lenguaje para describirla.

Estudió primero medicina en la Universidad de Pisa, por deseo de su padre. Pero las clases lo aburrían. Un día, durante un sermón en la catedral, observó una lámpara que se balanceaba. Independientemente de la amplitud de la oscilación, el tiempo de ida y vuelta parecía constante. Acababa de descubrir el isocronismo del péndulo. La medicina podía esperar.

Galileo se convirtió en profesor de matemáticas, primero en Pisa, luego en Padua. Era un profesor popular, un orador brillante, un hombre que amaba la vida: el vino, las mujeres, los debates acalorados. Nunca se casó, pero tuvo tres hijos con su amante, Marina Gamba.

En 1609 todo cambió. Oyó hablar de un invento holandés: un tubo con lentes que acercaba los objetos lejanos. En pocas semanas construyó su propio telescopio, muy superior al original. Y hizo lo que nadie había pensado hacer: lo apuntó hacia el cielo.

Lo que vio conmocionó al mundo.

Newton: el inglés solitario

Isaac Newton nació en 1642, precisamente el año en que murió Galileo, como si la antorcha hubiera pasado de una mano a otra. Nació prematuro, tan pequeño que se decía que habría cabido en una jarra. Nadie creía que sobreviviría.

Su padre había muerto tres meses antes de su nacimiento. Su madre se volvió a casar cuando él tenía tres años, dejándolo con su abuela. Este abandono marcó a Newton para toda su vida. Se volvió desconfiado, amargado, incapaz de relaciones normales. A los 19 años elaboró una lista de sus pecados, entre ellos “haber amenazado a mi padre y a mi madre Smith de quemarlos junto con la casa.”

En Cambridge era un estudiante mediocre, hasta que descubrió las matemáticas. Algo se despertó entonces. En pocos años dominó todo lo conocido, y luego fue mucho más allá. Durante la Gran Plaga de 1665-1666, la universidad cerró, y Newton regresó a casa. Estos dos años fueron los más productivos en la historia de la ciencia.

Solo, en la propiedad familiar de Woolsthorpe, Newton inventó el cálculo infinitesimal, descubrió que la luz blanca está compuesta por todos los colores, y formuló las primeras ideas sobre la gravitación. El “año milagroso”, como se le llama. Tenía 23 años.

Pero Newton mantuvo sus descubrimientos en secreto durante décadas. Hizo falta que Edmund Halley, el astrónomo del cometa, lo convenciera de publicar en 1687 los Principia Mathematica. Este libro cambió el mundo, pero Newton casi nunca lo habría escrito.

Sus descubrimientos: dos revoluciones

Galileo: el ojo que ve

El telescopio de Galileo no era muy potente: unos 20 aumentos. Pero lo que revelaba era estremecedor.

La Luna no era perfecta. Aristóteles enseñaba que los cuerpos celestes eran esferas perfectas. Galileo vio montañas, cráteres, valles. La Luna se parecía a la Tierra. Si la Luna no era perfecta, quizás los cielos no eran tan diferentes del mundo terrestre.

Júpiter tenía lunas. Cuatro pequeños puntos de luz que orbitaban alrededor de Júpiter. Galileo los llamó “estrellas mediceas” (en honor a sus patrocinadores). Fue la prueba de que no todo giraba alrededor de la Tierra. Si Júpiter podía tener satélites, ¿por qué no el Sol?

Venus tenía fases. Como nuestra Luna, Venus pasaba por fases: llena, creciente, menguante. Esto era imposible en el sistema ptolemaico, donde Venus giraba alrededor de la Tierra. Pero se explicaba perfectamente si Venus giraba alrededor del Sol.

La Vía Láctea estaba compuesta de estrellas. Esa nube lechosa en el cielo no era una bruma celestial, sino millones de estrellas, demasiado débiles para verse a simple vista.

Estas observaciones no probaban que la Tierra girara alrededor del Sol. Pero hacían cada vez más difícil defender el antiguo sistema. Galileo publicó sus descubrimientos en Sidereus Nuncius (El mensajero sideral) en 1610. El libro causó sensación en toda Europa.

Newton: la mente que comprende

Donde Galileo había observado, Newton comprendió. No se limitó a describir el mundo: lo explicó.

La gravitación universal. La historia de la manzana probablemente sea cierta, o al menos parcialmente. Newton comprendió que la fuerza que hace caer una manzana es la misma que mantiene a la Luna en su órbita alrededor de la Tierra, y a la Tierra en su órbita alrededor del Sol. Una única ley, universal, matemática: F = G(m₁m₂)/r².

Esta ecuación es quizás la más importante jamás escrita. Explica por qué los planetas tienen órbitas elípticas (como había descubierto Kepler), por qué las mareas suben y bajan, por qué los cometas regresan. Permitió predecir la existencia de Neptuno antes de que fuera observado.

Las tres leyes del movimiento. Todo cuerpo permanece en su estado de reposo o movimiento uniforme, a menos que una fuerza actúe sobre él. La aceleración es proporcional a la fuerza e inversamente proporcional a la masa (F = ma). A toda acción corresponde una reacción igual y opuesta.

Estas tres leyes, aparentemente simples, son el fundamento de toda la mecánica clásica. Explican cómo se mueven los objetos, desde las pelotas de tenis hasta los cohetes. Siguen siendo válidas hoy, excepto a escalas atómicas o cerca de la velocidad de la luz.

La óptica. Newton descompuso la luz blanca con un prisma en sus componentes. Comprendió que los colores no son “añadidos” por el prisma, sino “separados”. Inventó el telescopio de espejo para evitar las aberraciones cromáticas de las lentes.

El cálculo infinitesimal. Newton inventó un nuevo tipo de matemáticas para resolver sus problemas físicos. El cálculo diferencial e integral —derivadas e integrales— son las herramientas fundamentales de la física y la ingeniería modernas.

Sus métodos: observar contra calcular

Galileo: el experimentador

A Galileo se le llama a menudo “el padre del método científico moderno”. Esto no es del todo exacto —otros antes que él ya habían realizado experimentos—, pero sistematizó el enfoque experimental como nadie antes.

Su genio consistía en plantear preguntas simples y verificarlas. ¿Caen los cuerpos pesados más rápido que los ligeros? Aristóteles decía que sí. Galileo hizo rodar bolas de diferentes masas por planos inclinados y midió. No, caen a la misma velocidad (en el vacío).

Combinó la observación con las matemáticas. No se limitaba a describir: medía, calculaba, predecía. “La naturaleza está escrita en lenguaje matemático”, escribió. Triángulos, círculos, figuras geométricas son las letras de este lenguaje.

Su telescopio era un instrumento científico, no un juguete. Lo calibraba cuidadosamente, anotaba sus observaciones con precisión, publicaba sus métodos para que otros pudieran verificarlos. Esa es la esencia de la ciencia moderna: la reproducibilidad.

Newton: el teórico

Newton era un teórico puro. Realizaba experimentos —su trabajo sobre la luz lo demuestra—, pero su genio residía en la abstracción matemática. Veía las leyes ocultas detrás de los fenómenos.

Su método era deductivo. Partía de principios generales (las tres leyes del movimiento, la ley de la gravitación) y deducía consecuencias particulares. ¿Por qué las órbitas son elípticas? Porque eso es lo que predice la ley de la gravitación. ¿Por qué las mareas? La misma razón.

Los Principia Mathematica están escritos en estilo euclidiano: definiciones, axiomas, teoremas, demostraciones. Newton quería que la física fuera tan rigurosa como la geometría. Lo logró.

Pero Newton tenía un defecto: no compartía. Guardaba sus descubrimientos para sí mismo, a veces durante años. Cuando Leibniz publicó su propia versión del cálculo infinitesimal, Newton lo acusó de plagio y desató una disputa que envenenó las relaciones entre matemáticos ingleses y continentales durante un siglo.

Sus conflictos: la Iglesia y los rivales

Galileo: ante la Inquisición

El conflicto de Galileo con la Iglesia católica es uno de los más célebres en la historia de la ciencia. Pero a menudo se lo malinterpreta.

La Iglesia no era sistemáticamente antitientífica. Los papas habían fomentado la astronomía, los jesuitas realizaban observaciones. El problema no era realmente científico: era político y personal.

Galileo era provocador. Su “Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo” (1632) presentaba tres personajes: un defensor copernicano (inteligente), un defensor ptolemaico (un necio llamado Simplicio) y un moderador. El papa Urbano VIII, antiguo amigo de Galileo, se reconoció en Simplicio. Nunca lo perdonó.

El juicio de 1633 condenó a Galileo por “vehemente sospecha de herejía”. Tuvo que abjurar de sus “errores” y quedó bajo arresto domiciliario el resto de su vida. La leyenda dice que murmuró “E pur si muove” (Y sin embargo se mueve), pero probablemente sea una invención posterior.

Galileo no fue torturado, ni encerrado en un calabozo de interrogatorio. Vivió cómodamente en su villa cerca de Florencia, continuó sus investigaciones sobre mecánica y publicó en 1638 su obra más importante, los Discorsi. Pero el mensaje era claro: la ciencia debía subordinarse a la teología.

Newton: ante sus propios rivales

Newton no tuvo problemas con la Iglesia: la Inglaterra anglicana era más tolerante que la Italia católica. Sus conflictos fueron con sus colegas.

La disputa con Leibniz sobre el cálculo infinitesimal duró décadas. Newton había inventado el cálculo antes (hacia 1666), pero Leibniz lo había publicado antes (1684). ¿Quién había robado a quién? En realidad, probablemente lo inventaron de forma independiente, pero Newton no podía aceptarlo.

Como presidente de la Royal Society, Newton nombró un comité para juzgar la disputa. El comité (dirigido por el propio Newton) concluyó que Leibniz era un plagiario. Pero la notación de Leibniz era mejor: es la que aún usamos hoy.

Robert Hooke fue otro enemigo. Hooke afirmaba haber tenido la idea de la gravitación antes que Newton. Esto era parcialmente cierto: Hooke había propuesto una fuerza atractiva, inversamente proporcional al cuadrado de la distancia. Pero no había hecho los cálculos. Newton sí. La disputa solo se calmó con la muerte de Hooke en 1703.

Newton era rencoroso, paranoico, mezquino. Hizo retirar el retrato de Hooke de la Royal Society. Perseguía a los falsificadores de moneda con encono personal cuando fue director de la Casa de la Moneda real. Genio, sí. Persona agradable, ciertamente no.

Su legado: los fundamentos de la ciencia

Galileo: el espíritu científico

El legado de Galileo no es una teoría en particular: la mayoría de sus ideas han quedado superadas. Es algo más fundamental: el espíritu científico.

Galileo demostró que se puede comprender el mundo mediante la observación y la razón, sin someterse a las autoridades. ¿Aristóteles dice X? Verifiquémoslo. ¿La Iglesia dice Y? Miremos. Esta actitud —la duda metódica, la primacía de la experiencia— es la esencia de la ciencia moderna.

También demostró que las matemáticas son el lenguaje de la naturaleza. Antes de él, las matemáticas eran una herramienta práctica (para el comercio, la topografía) o una disciplina abstracta (la geometría euclidiana). Después de él, las matemáticas se convierten en el medio para comprender el mundo físico.

Su juicio se convirtió en un símbolo. Cada vez que se censura la ciencia, cada vez que el dogma se opone a la investigación libre, pensamos en Galileo. “E pur si muove”: aunque sea inventada, esta frase capta algo verdadero: la verdad siempre termina triunfando.

Newton: el sistema del mundo

El legado de Newton es más concreto: un sistema completo para comprender el universo físico. La mecánica newtoniana dominó la física durante más de dos siglos. Sigue siendo la base de la ingeniería, la aviación, la exploración espacial.

Sus leyes son extraordinariamente poderosas. Con tres ecuaciones simples y la ley de la gravitación, se puede predecir el movimiento de cualquier objeto macroscópico: una pelota, un avión, un planeta, una galaxia. Es lo que Newton llamaba el “sistema del mundo”.

Este sistema también tuvo un impacto filosófico inmenso. Si el universo sigue leyes matemáticas, entonces es determinista: todo efecto tiene una causa, todo movimiento puede predecirse. Esta visión “mecanicista” del mundo dominó el pensamiento occidental hasta el siglo XX.

Einstein superó a Newton: la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica mostraron los límites de la física clásica. Pero Newton no fue refutado: su física sigue siendo perfectamente válida dentro de su propio ámbito de aplicación. Es el destino de las grandes teorías: no ser destruidas, sino integradas en teorías más amplias.

Lo que nos enseñan

La ciencia como revolución

Galileo y Newton nos recuerdan que la ciencia es revolucionaria. No se limita a acumular hechos: sacude visiones del mundo. Antes de Galileo, la Tierra era el centro del universo. Después de Newton, era solo un planeta entre otros, sujeto a las mismas leyes que todo lo demás.

Esta revolución nunca termina. Cada generación de científicos cuestiona las certezas de la anterior. Einstein superó a Newton, y alguien superará a Einstein. Así avanza la ciencia: no por acumulación, sino por revoluciones sucesivas.

Genio y carácter

Estos dos hombres también nos muestran que el genio no garantiza un buen carácter. Galileo era arrogante, provocador, a veces deshonesto. Newton era paranoico, rencoroso, cruel. Sus defectos no disminuyen sus descubrimientos, pero nos recuerdan que los científicos son seres humanos, con sus propias debilidades.

Quizás algunos defectos incluso favorecen el genio. La arrogancia de Galileo le permitió desafiar a las autoridades. La paranoia de Newton lo impulsó a verificar y reverificar sus cálculos. El genio no es una virtud moral: es una capacidad cognitiva que puede coexistir con cualquier tipo de carácter.

Conclusión: sobre los hombros de gigantes

Galileo abrió una puerta. Newton construyó un edificio. Juntos crearon la ciencia moderna, esta empresa colectiva y acumulativa que nos ha dado la tecnología, la medicina, la comprensión del universo.

“Si he visto más lejos, es porque me apoyé sobre los hombros de gigantes.” Newton hablaba de Galileo, pero también de Kepler, de Copérnico, de todos aquellos que habían preparado el terreno. La ciencia no es la obra de individuos aislados: es una conversación entre generaciones.

Esta conversación continúa. Estamos sobre los hombros de Newton, como él estuvo sobre los hombros de Galileo. Cada descubrimiento abre nuevas preguntas, cada respuesta plantea nuevos enigmas. La revolución científica que iniciaron no ha terminado, nunca terminará.

Y quizás este sea su mayor legado: no respuestas definitivas, sino un método para buscar. Una manera de mirar el mundo con curiosidad, de plantear preguntas, de poner a prueba hipótesis, de corregir errores. Este método —el método científico— es su verdadero regalo a la humanidad.

Galileo miró el cielo con un telescopio. Newton observó una manzana caer. Dos miradas, dos revoluciones. Y el mundo ya no fue el mismo.